miércoles, 29 de abril de 2020

Vuelve a Galilea



Se nos escapa abril de las manos y esperamos que en estas semanas te hayas podido encontrar con Cristo resucitado mientras nos preparamos para recibir el mes de mayo. Pero si, por lo que sea, todavía no ha sido así... ¡no dejes de leer!

Una de las invitaciones principales que hace Jesús a sus discípulos el día de su resurrección es que vayan a Galilea. En el Evangelio de Mateo (Mt 28, 10), Jesús dice a las mujeres que acudieron temprano al sepulcro: «No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». En Marcos (Mc 16, 7) dice el ángel a las mujeres: «él va delante de vosotros en Galilea. Allí lo veréis, como os dijo» y en Lucas (Lc 24, 6), dicen los ángeles a las mujeres: «recordad cómo os habló estando todavía en Galilea…».


 Y ante tanta insistencia puede que te estés preguntando... 

¿Por qué Galilea es tan importante y qué significado tiene para Jesús y sus discípulos?

Galilea es el lugar donde Jesús inició su ministerio público. Es allí, junto al mar de Galilea, también llamado lago de Tiberíades, donde llamó a sus primeros discípulos (Mt 4, 18-22; Mc 2, 13-17; Lc 5, 1-11). En definitiva, fue ahí donde estos tuvieron su primera experiencia de encuentro vital con Jesús y de allí su decisión de dejar todo para seguirlo, de optar por el nuevo Reino que estaba amaneciendo. Galilea es el lugar donde inició todo para ellos. 

Cada uno tenemos nuestros “galileas” particulares, los “galileas” de nuestras vidas: el galilea de tu matrimonio o consagración, el galilea del trabajo, el de tu compromiso social, de tus amistades...¡el galilea de tu fe! Galilea conlleva la vivencia que fue origen de tu opción de vida y es sobre todo la experiencia fundante de la fe, es decir eso que te hizo creer u optar por creer en Dios. Puede ser una experiencia activa como en una catequesis, una misa, o el desenlace de una situación existencial que ha habido en algún momento de la vida; también puede ser una experiencia pasiva, pero no menos importante, como el hecho de pertenecer desde niño ya a una tradición cristiana que desde tempana edad nos nutre y enriquece la vida. 

Y es habitual que ocurra una cosa, que el encanto del inicio pueda llegar a desvanecerse con las dificultades que nos pone la misma vida, y de hecho, hay muchos acontecimientos que nos vienen a decir que esta ilusión del principio era una utopía, una mentira, y que estaba hecho para fracasar porque parece que nada tuviera sentido. Y eso fue lo que ocurrió con la pasión y la muerte de Jesús, que vino a romper con el entusiamo y la alegría de los discípulos, tal como se aprecia en la expresión de los dos que caminaban hacia Emaús: «lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió» (Lc24, 20-21).


La primera actitud que conviene adoptar en estas situaciones consiste en identificar, así como los discípulos de Emaús, Cuándo, cómo y dónde perdí la ilusión. ¿Qué es lo que me hizo pensar o ver que ya no era posible seguir adelante, seguir luchando? ¿Cuándo dejé de creer y tiré la toalla?

El evangelio de san Juan ( Jn 21, 1-14) nos viene a mostrar qué pasó en Galilea después de que hubieran vuelto los discípulos allí, como les pidió Jesús. ¿Qué ocurrió? Pues que tuvo lugar otra pesca milagrosa, como cuando tuvieron su primer encuentro. 

Estando juntos «Simón Pedro les dice: me voy a pescar. Ellos contestan: vamos también nosotros contigo». Y, como aquella vez, no cogieron nada en toda la noche, Jesús se acercó y les pidió pescado pero no tenían. Él dijo que echaran las redes y volvieron a obedecer y, al igual que en la anterior ocasión, cogieron tantos peces que no podían sacar la red. Y fue entontes cuando reconocieron a Jesús que les estaba haciendo revivir y renovaba en ellos esta experiencia del inicio. Es su experiencia de resurrección, la resurrección de la ilusión perdida, el resurgimiento de la alegría y la pasión por recoger la toalla que se había tirado y de volver a emprender el camino.

El proyecto de una vida cristiana no está fundada en la persona del cristiano, ni siquiera en un voluntarismo moralista, sino en la Verdad que es Cristo mismo. Por eso no puede ser una utopía o mentira la ilusión que nace de una experiencia fundante de un proyecto de vida cristiana. Recordemos lo que dice Jesús en Mt 7, 24-25: «el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca». 
De aquí la segunda actitud: volver a Galilea. Cada vez que entres en crisis con un proyecto de vida, que ya no sepas si seguir o no, cuando todos los vientos te sean contrarios, cuando dudes sobre qué actitud adoptar... ¡vuelve a la experiencia que dio inicio a este proyecto! Si estaba fundada solamente en tus deseos o intereses humanos, puede que haya habido una equivocación desde el principio; pero si está fundada en Dios, en esta experiencia de encuentro, de confianza y de abandono a Él, éstate tranquilo que Dios, el mismo que inició contigo este proyecto, te devolverá la ilusión y la capacidad para llevarlo adelante. Solo confía y deja que te haga revivir.

Esta es la experiencia de nuestra Madre, la Virgen María, en quien siempre tenemos la mirada puesta, que no dejó de creer en la promesa de Dios, que su hijo iba a ser el salvador del mundo como lo había anunciado el ángel, aun cuando ya estaba muerto y sepultado, es decir cuando “humanamente” ya no se podía esperar nada de este proyecto.

Tu vida no es un fracaso, tu fe no es una utopía; Vuelve a Galilea, allí encontrarás al resucitado que te devolverá la ilusión de la primera vez. Y aunque creas que para ti no hubo primera vez... 
¡Nunca es tarde para empezar! 
 ¡Echa a andar!

2 comentarios:

  1. Muy bueno. Es necesario volver constantemente a nuestra Galilea.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí... siempre hay que regresar a la fuente primaria. También la parábola del hijo pródigo nos recuerda lo bueno que es ese regreso y el encuentro con el Padre, con el Resucitado, que no deja de esperarnos.
      ¡Muchas gracias por el comentario!

      Eliminar

¿Te animas a dejarnos un comentario? Nos interesa tu opinión sobre esta entrada. :)