miércoles, 30 de septiembre de 2020

De vuelta al trabajo porque hay que seguir atendiendo la Viña

Se acabó el tiempo de descanso y aquí venimos con una nueva publicación. ¿Y de qué queremos hablarte hoy? Pues... ¡del trabajo, del mucho trabajo que solemos tener! ¿Por qué será que al acabar los periodos vacacionales es tan frecuente sentir tristeza porque esto último es lo que dirige nuestras vidas? ¿Será porque el mundo actual ha hecho del dinero un objeto al que dar culto y lo ha convertido en un nuevo becerro de oro? 

Lo cierto es que, ya en el Génesis, Dios anunció que el hombre, entendido como género humano o humanidad representada en Adán y Eva, debería ganarse el pan con el sudor de su frente (Cf. Gn 3,19) y por eso hoy queremos plantearte una pregunta: ¿Crees que tú, verdaderamente, estás llevando a cabo el trabajo que se espera de ti? Ya te respondemos que solo Dios tiene la certeza total a esta cuestión pero tal vez pueda ser bueno que pares un momento a cuestionarte sobre ello.

¿El trabajo que realizas es agradable a los ojos de Dios o te traes entre manos asuntos oscuros? ¿Vives para trabajar o trabajas para vivir? ¿Te hace feliz la tarea que realizas?  

Un trabajo hecho con agrado, que alegra el corazón y ayuda a construir un mundo mejor, es signo de presencia Divina y señal de que el Señor quiere contarte entre los elegidos. El evangelista san Mateo, a través de la imagen de la Viña (Mt 20, 1-16; 21, 28-32), nos ha intentado enseñar qué debemos hacer para alcanzar el Reino de Dios.

Todos recibimos esa llamada personal de parte del dueño de la viña porque Él, en su afán, sale y una otra vez a buscarnos y darnos la oportunidad de que decidamos si queremos colaborar o no en su plan. La respuesta que tú le quieras dar es, en exclusiva, responsabilidad tuya y no de cualquier otra persona, institución, moda o cosa.

¿Qué tarea se espera que hagamos los que nos hacemos llamar cristianos? Cualquiera que no se oponga a ningún mandamiento y que tenga un fin bueno. Lo importante es que aceptemos el reto encomendado con un sí confiado como el de María y que respondamos igual que Ella antes las necesidades que veamos. De nada sirve quejarse o entrar a valorar si es justo o no lo que se tiene. Si tienes un trabajo que no te agrada siempre puedes parar, con mucha paz, a replantearte la situación y buscar otro camino que sea mejor. Si no encuentras alternativa es porque tu Creador debe querer eso para ti o al menos así lo está consintiendo en estos momentos para ponerte a prueba. En cualquier caso, por mucho que te pueda deseperar, no te preocupes porque también de eso sabrá sacar cosa buena. El premio a un trabajo bien hecho será tu salvación y el valor añadido que te vas a llevar será el tiempo de conocimiento y vivencia de Cristo regalados. ¡Tú decides si quieres seguirle desde niño, en la etapa intermedia de tu vida o esperar a la vejez y que pueda ser tarde! 

El trabajo, aunque te pueda parecer una esclavitud, siempre es una oportunidad maravillosa para vivir y experimentar tu libertad. Mira siempre a Dios como aquel que quiere liberarte y quizá esa mirada te ayude a descubrir el gran amor que te tiene. Ofrécele desde hoy, como prueba de amor, todos los servicios que realices. 

El mundo necesita que:

Y nunca olvides que ese mundo comienza con lo que tengas más cerca: tu familia, tus amigos, tu trabajo, tu comunidad parroquial... ¡trabaja el sentido de pertenencia, hará que te resulte más fácil comprometerte! Siéntente parte activa de aquellos grupos a los que te hayas unido, pregunta al responsable si puedes ayudar en algo y anímate a colaborar. No seas como esa persona de la que no se habla porque quiere quedar bien con todos y por ello no se implica en nada.

¡Ah! Por cierto, recuerda que anunciar el Evangelio y la Buena Noticia de la Salvación del hombre no es únicamente tarea de curas y monjas. ¡También es cosa tuya y para eso siempre se necesitan voluntarios! Si no es mucho pedir... ¡anímate al menos a difundir esta publicación con tus amigos! Y si lo que te apetece es colaborar más activamente escribiendo para este rincón virtual... ¡Contáctanos, contamos contigo! :)

jueves, 17 de septiembre de 2020

Orando con Santa Hildegard von Bingen: Los méritos de la vida, quinta parte, LXX

Iniciamos un nuevo curso buscando colaboradores para este rincón con el fin de poder mantener las dos publicaciones mensuales que veníamos realizando o, si Dios así lo quisiera, ampliar el número de las mismas en caso de que llegara alguna propuesta interesante. Y hoy, como cada día 17, queremos traerte la primera propuesta de texto para meditar.

Se trata de unas palabras del Libro de Los méritos de la vida (Liber Vitae Meritorum) de Santa Hildegard von Bingen y al que puedes acceder haciendo clic aquí

Unknown author / Public domain
Esta alemana fue una de las mujeres más destacadas e influyentes del medievo. Reconocida por su faceta como compositora, escritora, filósofa, científica o médico, entre otras, y hoy considerada una de las doctoras de la Iglesia. 

La obra elegida es un manual en el que se distinguen seis partes. A través de ellas se nos enseña a desarrollar virtudes para intentar evitar castigos en el futuro por medio de la penitencia en esta vida. Aborda los distintos vicios y expone las consecuencias que esperan a los que cometan dichos pecados. El párrafo seleccionado se localiza en la quinta parte: 

LXX.  EL  MAESTRO,  DEBE  SER  FLAGELO  PARA  LOS  DUROS Y LOS ÁSPEROS, Y HABLAR CON DULZURA A LOS BUENOS
El maestro vea cómo ha de tener en la mano la vara de la corrección para castigar a sus discípulos. Sea siempre flagelo para los duros y los ásperos, ya que si por algún motivo les  permitiera  actuar  solo  según  su  voluntad, se volverían  completamente rebeldes y podrían entregarlo a la muerte si pudieran. Sin embargo, a los que brillan con un poco de luz, les hablará con dulzura, porque si quisiera dirigirles con aspereza, se apagarían completamente y se pondrían peores que al principio.

¿Qué nos dice su lectura?

Que resulta de vital importancia aplicar la sana justicia, sin condenar al que se equivoque (porque de eso se encargará Dios) pero sí intentando no caer en la justificación ni restarle importancia pensando que todo vale ante la Misericordia Divina. Sin que nos tiemble la mano ante aquellos que estén llenos de soberbia y con afecto ante los que muestren verdadero arrepentimiento por lo que hayan hecho.

Cuidado con dejar pasar por alto las faltas del prójimo por no complicarnos la existencia o por temor a que luego podamos vernos rechazados, no sea que al final, llegado el día, seamos nosotros los que nos veamos privados de una vida mejor.

Seamos, tal como nos invita San Agustín en el Sermón sobre los pastores (46, 9), modelo para los demás  porque por encima de todo debería estar la caridad y a fin de cuentas todos los cristianos somos ovejas defectuosas y a la vez tenemos algo de pastores. Por tanto, cuando veamos que alguien cometa un error, valoremos la intención o la voluntad que encierra (como ocurrió con Jacob y Essaú) pero no dejemos nunca de practicar la corrección fraterna el estilo que Jesús enseñó a sus discípulos (y que puedes encontrar en el Evangelio según San Mateo 18, 15-18) y evitando a toda costa la lapidación porque ya sabemos también cómo acabó esa escena.