jueves, 17 de septiembre de 2020

Orando con Santa Hildegard von Bingen: Los méritos de la vida, quinta parte, LXX

Iniciamos un nuevo curso buscando colaboradores para este rincón con el fin de poder mantener las dos publicaciones mensuales que veníamos realizando o, si Dios así lo quisiera, ampliar el número de las mismas en caso de que llegara alguna propuesta interesante. Y hoy, como cada día 17, queremos traerte la primera propuesta de texto para meditar.

Se trata de unas palabras del Libro de Los méritos de la vida (Liber Vitae Meritorum) de Santa Hildegard von Bingen y al que puedes acceder haciendo clic aquí

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Esta alemana fue una de las mujeres más destacadas e influyentes del medievo. Reconocida por su faceta como compositora, escritora, filósofa, científica o médico, entre otras, y hoy considerada una de las doctoras de la Iglesia. 

La obra elegida es un manual en el que se distinguen seis partes. A través de ellas se nos enseña a desarrollar virtudes para intentar evitar castigos en el futuro por medio de la penitencia en esta vida. Aborda los distintos vicios y expone las consecuencias que esperan a los que cometan dichos pecados. El párrafo seleccionado se localiza en la quinta parte: 

LXX.  EL  MAESTRO,  DEBE  SER  FLAGELO  PARA  LOS  DUROS Y LOS ÁSPEROS, Y HABLAR CON DULZURA A LOS BUENOS
El maestro vea cómo ha de tener en la mano la vara de la corrección para castigar a sus discípulos. Sea siempre flagelo para los duros y los ásperos, ya que si por algún motivo les  permitiera  actuar  solo  según  su  voluntad, se volverían  completamente rebeldes y podrían entregarlo a la muerte si pudieran. Sin embargo, a los que brillan con un poco de luz, les hablará con dulzura, porque si quisiera dirigirles con aspereza, se apagarían completamente y se pondrían peores que al principio.

¿Qué nos dice su lectura?

Que resulta de vital importancia aplicar la sana justicia, sin condenar al que se equivoque (porque de eso se encargará Dios) pero sí intentando no caer en la justificación ni restarle importancia pensando que todo vale ante la Misericordia Divina. Sin que nos tiemble la mano ante aquellos que estén llenos de soberbia y con afecto ante los que muestren verdadero arrepentimiento por lo que hayan hecho.

Cuidado con dejar pasar por alto las faltas del prójimo por no complicarnos la existencia o por temor a que luego podamos vernos rechazados, no sea que al final, llegado el día, seamos nosotros los que nos veamos privados de una vida mejor.

Seamos, tal como nos invita San Agustín en el Sermón sobre los pastores (46, 9), modelo para los demás  porque por encima de todo debería estar la caridad y a fin de cuentas todos los cristianos somos ovejas defectuosas y a la vez tenemos algo de pastores. Por tanto, cuando veamos que alguien cometa un error, valoremos la intención o la voluntad que encierra (como ocurrió con Jacob y Essaú) pero no dejemos nunca de practicar la corrección fraterna el estilo que Jesús enseñó a sus discípulos (y que puedes encontrar en el Evangelio según San Mateo 18, 15-18) y evitando a toda costa la lapidación porque ya sabemos también cómo acabó esa escena.

 

 

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